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CSI hace su aporte a la construcción de la imagen del delincuente

Nunca me gustó demasiado la serie CSI (Crime Scene Investigation), una serie con millones de espectadores en todo el mundo. Y no sólo porque los científicos forenses que la protagonizan parecen infalibles robots que obtienen un resultado de ADN de un bloque para el otro, para no hablar de que a veces utilizan tecnología que aún no existe. El motivo no son estas licencias típicas de show televisivo. El problema es la construcción de la realidad que realiza.

Desvelado, anoche ví un capítulo de CSI Nueva York (porque además de la original que transcurre en Las Vegas, hay franquicias en Miami y Nueva York).

Rápido resumen del caso: un chico clase media (Nick) vuelve caminando a su casa después de la escuela junto a su hermano menor Sam y lo balean en un callejón. Queda en terapia intensiva y el único testigo, el hermano menor, apunta las sospechas hacia un joven con antecedentes que suele merodear por la zona, al que acusa de atacarlos para robar un reloj que su padre le había regalado poco antes de morir.

Con la cuota de dramatismo cubierta, los investigadores no tardan en detener al presunto autor. Es un muchacho sombrío (al contrario de la luminosidad que rodea a las víctimas) que admite haber robado el reloj, pero niega haber efectuado el disparo.

Los forenses no tiene pruebas para acusarlo (Sam ni siquiera lo reconoce en rueda de personas), pero no se privan de llamarlo “pedazo de porquería”.

En el último bloque, como suele suceder, se descubre la verdad. Minutos antes de ser baleado, Nick y su hermano habían asaltado un banco y quien le pegó el tiro fue un joven, con antecedentes por supuesto, que le robó el botín (combinación de modalidades delictivas: salidera con la llamada mejicaneada, para ofensa de los nativos en ese país). El reloj, en verdad, se lo habían sustraído dos días antes (detalle que el guión nos ocultó hasta este momento).

Un dato clave es que Nick y Sam robaron exactamente 933 dólares, el importe que su madre debía pagar en concepto de alquiler y que no tenía disponible.

En el último minuto de la serie se nos informa que el banco no presentará cargos en contra de los hermanos, y vemos a uno de los policías que participó de la investigación (el mismo que fue engañado por el hermano menor de Nick con sus pistas falsas) acompañando a la familia en la sala de terapia intensiva. “Han sufrido demasiado”, dice con cara de circunstancia.

El joven que baleó a Nick tuvo peor suerte: murió atropellado por un colectivo cuando escapaba de los policías que fueron a detenerlo. El destino del primer sospechoso (el llamado “pedazo de porquería”) no merece ni un segundo más en la serie, de modo que lo desconocemos.

Nada se nos cuenta de sus vidas, sus necesidades. Poco importa saber qué los empujó al delito. El mensaje es que posiblemente sean ladrones desde la cuna, sujetos marginales, incluso con apellidos latinos, que roban y si es necesario disparan por placer. Uno bien muerto está, el otro qué importa si sigue preso.

Nuestros héroes son los chicos clase media que asaltaron el banco, aunque tampoco sepamos qué crisis impide que la madre tenga dinero para pagar el alquiler y por qué consideraron al delito como la única salida. Para ellos, toda nuestra comprensión.

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  1. Fernando
    20 febrero 2011 20:53 en 20:53

    La ley y el orden es aun peor. TODOS LOS CASOS SE RESUELVEN PORQUE EL ACUSADO CONFIESA. Como lo logran? directamente lo extorsionan con penas desorbitantes si no confiesa entre otras estrategias reñidas con la etica y con la constitución.

  2. Funcionario gélido
    21 febrero 2011 10:01 en 10:01

    Las series son para ver a las chicas lindas que aparecen (los varones)…
    Si quieren policiales buenos -y de vez en vez una chica linda- procuren series inglesas o algunas alemanas -pocas ultimamente-.
    Tienen que pensar que la TV desarrolla un modelo social e inculca sus contenidos: la confesión es la redenciòn del delincuente, ademàs de su conciliaciòn con el orden establecido.
    Algo muy “norteamericano” desde que hace estragos en EUA el “voto religioso”.
    Mejor todavìa: no prenda el televisor hasta tanto sepa qué quiere ver.
    Para consolarse: las pelìculas terminan con una confesiòn, nuestras investigaciones penales comienzan…
    Es una cuestiòn siempre de modelos sociales…

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