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Matar por la espalda y no tener ninguna responsabilidad: el caso del policía que asesinó a Brian en Neuquén

CONFERENCIA DE LA MAMA DE BRIAN ELISABETAquí está en pdf la resolución del juez Marcelo Muñoz que dictó una sorprendente falta de mérito en beneficio del oficial subinspector Claudio Fabián Salas, autor confeso del disparo por la espalda que segó la vida de Brian Hernández, de 14 años.

Y aquí está la apelación de la fiscalía (en word) y aquí la de la querella (también en word).

Poco puedo agregar al valor de estos documentos salvo que su lectura completa, que se recomienda como siempre, aumenta la perplejidad.

En las apelaciones sobrevuela una velada acusación: que el juez hizo una utilización antojadiza de las pruebas para llegar a su conclusión. O a su falta de conclusión debería decirse.

Algunos detalles mínimos para comprender el caso.

El 19 de diciembre de 2012, a las 2:40 de la mañana, Brian viajaba con seis amigos de su edad en una coupé Renault Fuego con vidrios polarizados que le habían quitado al padre de uno de ellos.

El día anterior Brian había terminado la escuela primaria con una felicitación especial por su esfuerzo y deseos de un gran futuro por parte de su director. Esa noche le pidió permiso a su madre Elizabeth para acostarse más tarde. Ella se fue a dormir, y él se escapó. Una travesura.

La coupé la manejaba el único mayor de edad de los chicos. Andaban por la calle Casimiro Gómez, escuchando música en el celular y fumando, detalles insignificantes que asumieron relevancia después.

En ese mismo momento, la policía buscaba a un vehículo en la misma zona que circulaba a alta velocidad.

Un patrullero en el que iba Salas observó la Fuego y se cruzó en medio de la calle. Creyó que podía ser el vehículo buscado.

El oficial y una mujer policía descendieron. El chico que manejaba se asustó y apretó el acelerador.

Cuando pasaron junto al patrullero, Salas le disparó a la luneta. La bala entró en la cabeza de Brian por la zona occipital y le provocó daños irreversibles.

El conductor aceleró más. El patrullero se lanzó a perseguirlo y lo encontró a las pocas cuadras. Los policías bajaron a los chicos a los golpes, como es de rigor.

Supieron de inmediato que había un herido grave. Pero ningún policía le dijo a la madre de Brian lo que había pasado. Elizabeth, atravesada por el discurso de la inseguridad, pensó que habían herido a su hijo en un intento de robo. Fue un médico del hospital el que le contó la verdad.

Hasta aquí los hechos, relatados con mayor o menor rigurosidad en la resolución de Muñoz y en las apelaciones (vuelvo a invitar a su lectura completa).

El oficial Salas accedió a declarar en indagatoria. Es un policía que el 9 de enero pasado cumplió 37 años, que tiene varias faltas asentadas en su legajo y una denuncia por apremios ilegales que se tramita en fiscalía.

Salas admitió haber disparado (qué más remedio tenía: hasta sus compañeros lo señalaron, para no mencionar el peritaje de balística en su pistola reglamentaria). Y sin embargo su declaración llenó de dudas al juez Muñoz.

Dijo que cuando la Fuego pasó a su lado vio un arma (pese a la oscuridad y a los vidrios polarizados) y un fogonazo (pese a que no escuchó ningún estampido y a que los vidrios del auto estaban levantados). Creyó que le habían disparado a la mujer policía que estaba a su lado, y respondió el fuego.

Salas creyó, Muñoz dudó.

El arma existió, según el juez. Es poco probable que la hayan plantado pese a que todos los ocupantes del auto (los que sobrevivieron) niegan su existencia.

Muñoz dudó, y completó el relato del policía: el fogonazo, dijo en su resolución, pudo ser la luz del celular de los chicos que iban escuchando música, o un cigarrillo.

Hay que poner mucha voluntad para confundir el fogonazo de un arma de fuego al ser disparada con la luz de un cigarrillo o de un celular, más cuando se trata de un profesional de la “seguridad”. O será, como dice Elizabeth, que Salas gatilló porque estaba en un barrio polvoriento del oeste y no en un barrio acomodado del centro de la ciudad.

Y también requiere esfuerzo imaginarse que un grupo de chicos le apuntó a un policía con un arma que no es apta para el disparo, como se comprobó que no lo era la “encontrada” en el auto.

Pero más cuestionable aún es la interpretación del juez sobre la imposibilidad de que el arma haya sido plantada después del operativo.

Según Muñoz, después del disparo y cuando salieron en persecución de la Fuego, los policías avisaron por radio que estaban detrás de un auto en el que iban personas armadas.

Esto no está demostrado. Es más, hay prueba en contrario porque se conserva registro grabado de las comunicaciones policiales (algunas están, convenientemente, dañadas).

Además Muñoz dice que a los pocos minutos llegó al lugar del hecho el fiscal Germán Martín, cuando está consignado en el acta que el fiscal llegó más de una hora después. Hasta entonces, la escena del crimen estuvo controlada por policías, camaradas de Salas.

Pese a todo, quién puede saber la suerte que tendrá esta causa en el futuro. Por ahora lo preocupante es la falta de condena pública por parte del gobierno provincial a este hecho de gatillo fácil. O al menos, de preocupación porque un policía mató a un chico de 14 años.

Resoluciones judiciales como esta, sumadas al silencio político, son toda una definición de la política de “seguridad”.

(A la resolución del juez Muñoz le faltan dos páginas que no impiden su completa comprensión. Es la única copia que pudimos conseguir)

(La foto es de Yamil Regules).

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